20 de abril de 2024

Ánimas

Muertos vivos que conviven con oficinistas de Microcentro. A veces es difícil notarlos. Los vivos parecen más muertos que los que verdaderamente lo están. Dicen que salen solo de madrugada a vagar por esas calles inhabitadas, aunque yo los vi de día. Deambulan entre nosotros, los mortales, es solo cuestión de prestar atención.
Son las ánimas de quienes dedicaron su vida al trabajo. Esos que, como vos, amanecen a las siete con el timbre de una alarma en el celular, se levantan de la cama, se visten para ir a trabajar. Salen de la casa a las ocho, toman el subte hasta Plaza de Mayo y caminan por 25 de Mayo hasta Corrientes, bajan por la avenida hasta Alem, doblan a la izquierda sobre Alem y llegan al edificio de Lavalle al 100 rozando las nueve o, a veces, apenas unos minutos más tarde. Suben a la oficina, saludan a la recepcionista que finge estar hablando por teléfono, se dirigen a su escritorio y se preparan para pasar unas cuantas horas sentados, con intermitencias en las que se sirven un café de máquina aguado y amargo, que funciona como un escape a esa rutina que ya no soportan pero que no saben cómo cambiar. ¿Te suena?
 
Luego salen, a las seis en punto, cuando el sol comienza a caer, sobre todo en invierno. Doblan en Alem, caminan hasta Corrientes, suben hasta 25 de Mayo y siguen hasta la Plaza de Mayo para bajar al subte. Y así de lunes a viernes, semana a semana, mes a mes, año a año. Casi todos pegados a la pantalla del celular, simulando estar comunicados con otros. Algunos siguen trabajando al llegar a sus casas. Esos, los que no consiguen parar de trabajar ni siquiera los fines de semana, son los que tienen muchas más chances de convertirse en ánimas. 

Sofía lo sabía, por eso evitaba el Microcentro. Como si acercarse implicara contagio, de rutina y postmortem. No funciona así, pero mejor no arriesgarse. Es preferible permanecer en su ph de Parque Chacabuco, sin jefes y bajo sus propias reglas, vistiendo pantalón de pijama y camisa de abogada. Pero la mañana del desmadre un cliente la citó en Microcentro y, bajo protesta, fue. 

Pedro había ido a anotarse en la facultad, esa privada sobre Avenida Corrientes, ahí nomás de Callao. Quería ser traductor de inglés, en una acción revolucionaria de combatir al traductor de Google. Quería, lástima que no iba a llegar siquiera a cursar el primer día. Esa tarde estaba saliendo del edificio de la universidad, bajando las escaleras de entrada, cuando todo estalló. 

María estaba repartiendo folletos en la esquina de Rodríguez Peña y Callao, a pasos del Paseo La Plaza, para ganarse unos pesitos para el fin de semana. Iba a quedarse sola en casa por primera vez y había organizado una fiesta con amigos, que por supuesto, no pudo ser. Ni la fiesta, ni esa primera vez. 

Luana trabajaba a pasos del Congreso, en una librería. Vio desde detrás del mostrador el instante preciso en el que capturaban a su novio, que había caído de sorpresa en el local. Y no pudo ver más. 

Marcos corrió más rápido que en cualquier maratón de esas en las que solía participar y permaneció oculto unas 24 horas, según dijeron, esperando que todo se tranquilizara.

Pasaba cada tanto, era sabido y necesario, solo que no nos avisaban cuándo iba a pasar. Como la muerte misma, la natural. Si se daba que justo estabas en Microcentro, “y bueno, le tocaba”, decíamos, y seguíamos con nuestras vidas como si nada. Por eso, aunque todos tenemos ese destino marcado, por las dudas, yo igualmente evitaba ir. 

Después de la primera pandemia mundial, allá por el 2019, se impulsó tanto el “trabajá menos y mejor”, que casi no había fuerza de trabajo. Todos querían ser jefes, manejar sus tiempos y tener sus propios emprendimientos. Así fue que las ánimas entraron en escena y empezaron a copar esos puestos de trabajo que nadie quería para sentirse vivos de nuevo. Pero claro, todos sabíamos que no lo estaban. 

Yo los detectaba enseguida a los que no tenían vida porque se la pasaban trabajando sin interrupciones. No hablaban con nadie, no veían redes sociales en horario laboral, no tocaban el celular en ningún momento. Y cuando cumplían el horario, seguían nomás, no salían disparados para sus hogares, como nosotros. Pues claro, porque no tenían hogar ni nada más para hacer. No tenían vida por vivir. Por eso, se quedaban vagando ahí en Microcentro con miradas vacias, pasos sin rumbo. 

Eran inofensivos hasta que salió esa ley que buscó eliminar vagos. Se la pusieron al hombro y, por lo menos una vez por año, salen a capturar hombres y mujeres para matarlos y convertirlos en ánimas, trabajadores incansables que no reclaman nada, que trabajan sin pedir nada a cambio.

Por eso hace años que no pisaba Microcentro hasta esta mañana que tuve que venir a traer este paquete que no llegué a entregar y que tengo entre mis piernas aquí agazapada debajo de esta mesa, contándote todo esto, y esperando.

21 de mayo de 2022

El que ríe último...


Hiciste de nuevo esa sonrisa tan tuya, como si todo lo arreglara. La de esa noche que nos conocimos, después de decirme que te gustaban Los Piojos, igual que a mí. La que repetiste cuando te conté que vivía cerca del bar, aquella noche que me invitaste a salir por primera vez. Recuerdo que después de unos vinitos me confesaste que hacía tiempo que me venías stalkeando en las redes, que "qué loco que justo teníamos amigos en común".

Era una sonrisa de costado, como cómplice y algo demencial. Con los años parecía más bien la del Guasón. Al mes de conocernos ya nos fuimos a vivir juntos y ¿te acordás esa tarde que caí de sorpresa en tu oficina? Estabas nervioso e hiciste todo lo posible para convencerme que vayamos a almorzar. Eran las tres de la tarde y terminamos comiendo un chori en la Costanera. Y de nuevo con esa sonrisa te arrodillaste y me propusiste casamiento. Te dije que era muy pronto, y así zafaste. Nunca más hubo tal compromiso.

Pasaron los meses, perdiste el trabajo de un día para el otro y te la pasabas en casa jugando a la Play. Yo seguía trabajando full time y así nos mantuvimos por años. Te mantuve. Al principio me esperabas con la cena hasta que un día te enojaste porque llegué tarde, y fue tu excusa para no hacerlo más. Esa vez, también con tu sonrisa, insinuaste que te estaba engañando con Rubén, quien era en ese entonces mi jefe, lo que por supuesto negué porque, sabés, que no era verdad. Tiempo después iba a enterarme que te echaron por cogerte a tu jefa casada.

Con la sonrisa marcada empezaste a insultarme y humillarme, pero no me daba cuenta. Un día me decías que era una puta por cómo me vestía, otro que no servía para nada, que me usaban. "No te das cuenta nena que no valés nada, solo te la quieren poner". Yo lo atribuía a tu depresión crónica que te mantenía pegado al sillón, sucio y desprolijo. Pobre... Pero hoy creo que hasta lo disfrutabas porque en esos momentos de desprecio absoluto aparecía tu sonrisita maltratadora, de machirulo.

Cuando estaba todo muy mal llegó Antón a nuestras vidas, fruto de un acto sin amor que entendí más tarde que era también una violación. Durante el embarazo nos tuviste piedad y descargaste tu furia con  minitas en las redes. Lo sé por esa vez que te hiciste el padre amoroso y me prestaste tu celular para llamar a mis viejos. Cientos de mensajes con desconocidas que alimentaban tu hombría. Pobre tipo, pensé, pero seguí adelante porque prioricé nuestra familia.

Antón creció y con él tus ausencias. Dicen que lo que no te mata te fortalece y en esas noches en vela, en tus regresos borracho y desapariciones temporales me hice más fuerte. Con los años comprendí que ni siquiera fue casualidad conocernos, sino que yo había sido una apuesta y vos me habías conquistado solo para ganarte unos mangos. Así fue que te acercaste a mis amigas para llegar a mí. Averiguaste todo para enamorarme. Fingiste para que sea casual, el destino. Pero fue una puesta en escena.

Esa sonrisita tuya nos trajo hoy hasta acá, ¿sabés?. Después de todo, es tu culpa. Ya no me importás porque nuestra familia es (y siempre lo fue) de dos. Quería que sepas todo esto antes de que te pegue un tiro y desaparezcas para siempre.

La guerra de nuestros mundos

Clara Celeste Luna vivía del otro lado de mi vida, almenos de cómo la conocía hasta aquel momento. Cada tarde, nos encontrábamos en el mismo lugar, separados apenas por la línea que dividía nuestros mundos: un mundo feliz y otro sumido en la desgracia.


Conocernos fue obra del destino. Clara Celeste Luna eran tres mujeres en una y en los meses que estuvimos juntos pude amar a la siempre alegre, abrazar a la insegura y comprender a la alunada. 

Creía que la gente como ella no tenía problemas, ya que su vida era fácil. En su mundo siempre era de día, todo estaba disponible y accesible para quien lo desee, pero fui testigo de sus malos ratos, en los que luchaba contra su risa marcada, muchas veces falsa, superficial y que hasta parecía ocultar algo.

Nuestro amor vivió y murió en la clandestinidad y a la distancia, una línea siempre nos separaba. Esta cualidad de nuestra unión la hacía aún más atractiva.

Amor quizás nos quedaba grande. Éramos más bien dos personas aburridas que se cruzaron en el lugar y el momento indicados.

Supimos lidiar con esa grieta inquebrantable durante tres meses, hasta que no me aguanté más y esa tarde la besé. Y desde entonces todo cambió.

En el instante siguiente a ese beso, permaneció por un instante mirándome fijo, de frente, del otro lado de la línea que nos dividía. Descubrí por primera vez en su mirada un rasgo de desprecio, ese mismo que veía todos los días en las miradas de quienes viven de este lado conmigo.

Me dio asco y me aparté, enceguecido por una luz y un sonido muy fuertes lo colmaron todo. Y fue ahí que la perdí de vista.

El mundo, mi mundo, que había vivido por muchos años en la oscuridad volvió a renacer. Ya no hubo más noche. 

Los niños y adolescentes nos pasábamos los días jugando en la calle, nadie más se molestó en ir a trabajar porque toda la comunidad funcionaba como una gran cooperativa, donde todo era de todos, nunca faltaba nada y no había motivos para lamentarse. Todo un pueblo resurgió, alegres por la llegada de una nueva era que prometía más y más felicidad.

Sin embargo, todas las tardes a las seis, yo iba a buscarla al lugar de siempre, donde antes había una línea que nos dividía pero que ya se había esfumado. Ahora éramos todos iguales. Hasta quería agradecerle, compartir con ella esta loca realidad que me hacía sentir muy feliz, tanto que me la pasaba sonriendo, a veces sin saber claramente por qué.

Todo lo que uno quería lo conseguía sin demasiado esfuerzo. Los adultos estaban siempre de buen humor, generalmente de fiesta. Con el tiempo, el intercambio de parejas era más frecuente y a nadie parecía molestarle. 

Nosotros dejamos de ir a la escuela y hacíamos lo que teníamos ganas de hacer: jugar a la Play, estar con amigos, dormir. Pero yo no me olvidaba de ella, que era lo único que no podía tener. Fui a nuestra cita de la seis uno, dos, tres meses más, cada día.

Estaba con otras chicas, claro, pero ya hasta me resultaba aburrido y no podía enamorarme de ninguna porque si apenas lo consideraba, al día siguiente me enteraba que esa tarde iba a estar con un amigo mío, y al otro día con otro, y así hasta que esté con todos. Porque a ninguna mujer le interesaba tener una vida tradicional, convertirse en madre, esposa y ama de casa. Dejaron de tener hijos y el sexo se convirtió en la principal actividad, que muchas veces también era la moneda de cambio.

Compartían novios, maridos, amantes; se acostaban entre ellas; estaban en la búsqueda constante de nuevas experiencias con tal de hacer algo que las haga sentir vivas.

A mí me costaba cada vez más mantener la risa falsa mirando todo lo que pasaba a mi alrededor y me acordé de una conversación que tuve con Clara Celeste Luna una tarde de abril:

- ¿Te sentís bien?

- Siempre me siento bien. Soy feliz.

- ¿De verdad me decís? ¿Cómo es posible vivir así, estar siempre bien?

- No lo sé… Debe ser un estilo de vida.

Ni ella comprendía la causa de su felicidad.

Todo parecía perdido para mí, más allá de la ficción de felicidad que vivía, cuando la vi pasar, a lo lejos, difusa. Con su alma errante iba dibujando con los pies la línea que una vez nos separó. Con la mirada perdida, descalza, como flotando.

Me acerqué y le dije:

- Ahí estás… Te extraño… Vine todas las tardes a buscarte en estos meses y nunca apareciste. Te pienso todos los días y recuerdo lo que hablábamos… Y el beso…

Ella siguió caminando hasta que le grité:

¡Miráme!... Estoy desesperado por tenerte.

Apareció frente a mí, me miró fijo y me respondió:

- Cuidado con lo que deseás.

20 de mayo de 2022

Ocupante

Era jueves o domingo porque ese mediodía habíamos almorzado pastas. Igualmente, este será un detalle menor cuando les cuente lo que pasó ese día que cambió mi vida para siempre.

Terminamos de comer en la mesa del patio y nos quedamos de sobremesa hasta a eso de las tres de la tarde. Las visitas finalmente se fueron, dejando atrás demasiada vajilla sucia y desordenada, más de la que tenía ganas de lavar. Qué lindo recibir a la familia en casa, me dijiste, mientras veías que me desarmaba en una silla, esperando que el orden llegara solo. Asentí con la cabeza y te deslicé un ajá. Claro, total es fácil para vos.

Te sentaste a mirar a Boca en el sofá del living mientras yo tuve que tomar una decisión de vida o muerte: lavo o me tiro a dormir una siesta. Sin mucha resistencia, subí por las escaleras con pasos cansinos y me entregué a la cama como a nadie en el mundo. Me acosté boca abajo, en diagonal, colmando todo el espacio. Cerré los ojos y se me vino a la mente lo que había dejado sin hacer, las deudas a pagar, qué vamos a cenar y otras cuestiones rutinarias pero enseguida pude ver la playa de San Bernardo en invierno, cuando sólo hay perros vagabundeando en la arena, ruido de mar, la paz del atardecer, el abrigo que no cede al frío de la costa… Pasaron a lo sumo dos minutos cuando escuché el primer estallido. 

Me desperté del susto. ¿Habrá sido un sueño? Afuera ya estaba oscuro. ¿Se nubló o será de noche?... Qué silencio… Qué raro que no se escucha siquiera la tele. Intento llamarte: ¿Amor? No me sale la voz.

Pruebo de nuevo. ¿Amor?, con tono impaciente, y no me escucho. Grito y no pasa nada. ¿Me habré quedado sorda? Otro estallido. No.

Ya está, voy a buscarte. Apenas amago a hacerlo, me quedo en el intento. Ni siquiera puedo voltear. Algo me lo impide. ¿Algo? Nerviosa, apenas puedo mover las articulaciones de los dedos. Sigo boca abajo, con la cabeza de costado, atravesando nuestra cama, hasta que siento su mano sobre la mía.

Me quedo quieta, pero mi respiración es galopante. Sé que no sos vos, así que callo y espero. Empieza a recorrer mi brazo derecho con su mano, acariciándome y manteniéndome cautiva. La cama se hunde, se habrá sentado, y cierro los ojos, como si de esa forma fuese a lograr que se vaya o mejor aún, desaparecer. Es mi mejor defensa.

Vos estás mirando a Boca y yo acá, dejándome tocar por este extraño, que ni siquiera sé si tiene cara, menos boca, si es hombre o mujer. No tiene sentido que grite y quiera escapar porque mi voz y mi cuerpo no me lo permiten. Ahora ya está encima mío, y sin dejar de acariciarme todo el cuerpo, siento su respiración caliente en mi nuca. No me atrevo a abrir los ojos, no quiero ver.  Sólo espero que pase.

Pienso que quiero morirme en este preciso momento. Y vos seguís mirando a Boca.

De repente, un fuego se apodera de mí y por un instante, levito, me siento muy liviana hasta que me desintegro.

Impávida, abro los ojos y observo ese nuevo espacio que se revela ante mí, donde voy a pasar los años que restan. Aunque no tenga ese aspecto, sé que esa va a ser mi cárcel de por vida.  

Nunca te enteraste que ese fue nuestro último almuerzo, el último plato de pastas;  que no era yo con quien dormiste esa noche, las que siguieron y las que seguirán. 

Estabas mirando a Boca y no lo pudiste ver. Pero yo, desde acá, aún te veo.


Dobles


Ellos existen pero nunca los vamos a conocer. Están en una realidad paralela que va a trasmano con esta, en la que suele suceder lo opuesto. Acá, lidiamos con nuestras miserias día a día. Allá, solo somos nuestra mejor versión.

Acá, fuimos esa noche al restaurante a cenar en familia, comimos y tomamos mucho. No nos percatamos que habíamos ido en auto y que las reacciones con alcohol en sangre son más lentas. Cuando atropellamos a esa familia, nos enteramos recién en el hospital, que el papá y la mamá estaban graves, y que los niños murieron. Allá, no salieron esa noche sino que pidieron pizza, tomaron Coca y miraron Netflix. Para la hora del accidente estaban dormidos, luego del acto de amor que gestó a Juan. Ya no iban a ser más dos sino tres.

Por acá, nosotros zafamos de ir presos gracias a un abogado que debía muchos favores a la familia y que se iría a cobrar tantos otros de por vida. Retomamos nuestra rutina al día siguiente, como si nada hubiese pasado pero en silencio sabíamos que íbamos a cargar con sus muertes para siempre. Allá, se enteraron que iban a ser padres y empezaron a diseñar el cuarto del bebé. Ambos conscientes de la vida que venía en camino se convirtieron en lectores empedernidos de libros de embarazo, Montessori y crianza respetuosa.

Acá, cada vez más trastornados a pesar de los largos años de terapia. Vos empezaste a verte con Mara, mi hermana y le agarraste el gusto a lo clandestino. No éramos más dos sino tres. Lo supe desde el principio pero me la banqué porque entendí que debía ser el precio que tenía que pagar por ser la cómplice de un asesino. Sí, sos un asesino.

Allá nació Juan y completaron esa familia feliz. Ese mismo día le comunicaron a la tía que también iba a ser madrina. Armaron tal equipo que fue fácil adaptarse a la nueva vida. La llegada del bebé los unió más como pareja, todo es una fiesta.

Acá, tratamos de no cruzarnos. Ninguno se anima a tomar la decisión pero lo nuestro terminó. Te zambulliste en los excesos, todos los que jamás imaginaste, lavando culpas quizás, pero no lo ibas a lograr. El otro día mientras te bañabas leí los mensajes que te seguís mandando con mi hermana, con la que me juraste que no ibas a verte más. No sé quién me duele más, si ella o vos. Esto ya no da para más, ¿o acaso vos cómo lo ves?

Allá, Juan ya camina por toda la casa. Ellos siguen de cerca su crecimiento, ambos trabajando desde casa, manejando sus horarios. Libres y felices, comprometidos en brindarle tiempo de calidad a su hijo, se turnan para jugar con él. Su madrina es una gran aliada en el día a día, en la que ambos confían y agradecen tener bien cerca.

Nosotros acá ya no existimos. En esta realidad hiciste todas hasta que por fin te metieron preso y no hubo abogado corrupto que te salve. Para mí fue un alivio porque creo que sino nunca nos hubiésemos separado. Yo traté de suicidarme tres veces y ahora escribo desde un centro de rehabilitación. La droga, creo, fue mi forma de escapar por un rato de la cárcel de mi mente. Nunca me voy a perdonar haber asesinado a esa familia, la que nunca tuve, la que nunca fuimos. 

Ellos allá son, sin duda, resultado de mejores elecciones, la familia tipo de los cuentos con final feliz, nuestros dobles. 

Y, sabélo, todos los tenemos y nunca los vamos a cruzar. Solo algunos pueden verlos en sueños...


Obituario

ESTEBAN QUITO

Falleció el 18 de agosto de 2021 a la edad de ochenta años en una paradoja del destino: se llevó puesto un banquito, cayó de cabeza y ya no la pudo contar.

Toda una vida deseando tener segundo nombre, soñaba cosas imposibles y las perseguía con una tenacidad implacable. Quería tocar el cielo con las manos y finalmente lo logró. 

Amigo de todos, falluto con algunos, se hacía querer fácil. Tenía un corazón de oro, literal, pues años atrás se lo operaron y el mito decía que lo cosieron con hilos dorados. Sus latidos desde entonces eran más pausados y elegantes, podían percibirse claramente en la soledad de su departamento de San Telmo.

Hijo único, hace rato sin familiares vivos en el planeta, tampoco tuvo descendencia. Menos pareja. Sin embargo, siempre estaba acompañado. Cuando no era un vecino, eran las "chicas" de la esquina, los "pibes" del club (que fueron muriendo año a año), los de la nocturna (con quienes se rateaba el último año de estudiante hace unos meses nomás). O los borrachos del bar, esos del ritual de los viernes: moscato, pizza y fainá.

Malísimo en el fútbol, apenas entendía de qué iba el juego, pero igual se chamullaba a las viejas del Burako con anécdotas inventadas de sus años como jugador profesional que vivió en muchos países, conocedor del mundo y multimillonario.

A veces dudábamos si efectivamente lo fue pero bastaba con darle una pelota para confirmarlo. Esa magia del fulbito no se pierde si alguna vez la tuviste ni aunque pasen mil años. Y esa fortuna de la que alardeaba se esfumaba al ver ese pullovercito azul con pelotitas que llevaba puesto casi todos los días que gritaba "¡Soy pobre!"

Debemos reconocer que se hacía notar siempre, donde iba era "el distinto". A veces por esas historias locas de jugador de fútbol "a lo Messi'' y otras por su lenguaje extravagante. Hablaba una lengua que había creado él mismo pero que todos entendíamos y terminábamos aplicando sin querer. "Ale" le decía al que llegaba último a cualquier lugar sin importar como se llame; "¡Turú!" exclamaba entre carcajadas cuando algo era tan divertido que no podía parar de reír y "Monigote" llamaba a los hijos de todos.

"¿Cómo anda el monigote?" preguntaba a cada vecino que se cruzaba y sabía que los tenía. Porque no se le escapaba una...Bah, la pifiaba siempre con Gloria, que nunca pudo tener hijos e insistía en preguntarle por ellos. Se comió cada puteada… hasta la mismísima le dedicó una cuando se enteró de su muerte.

"Flor de hijo de puta" dijo por lo bajo pero escuchamos todos. "Mejor puta que santurrona" le respondería el viejo Quito. Lo jodimos tanto con lo del banquito que ya ni gracia tenía y es más bien hoy una desgracia.

La verdad la pasó lindo, la vivió, la descosió, hizo la suya siempre y se fue dejando una anécdota que nos va a matar de risa cada vez que la recordemos. 

No habrá velatorio porque el viejo detestaba que lo lloremos. Ya lo cremamos y guardamos en una botella de vino, "del bueno", después de tomarlo, tal como él nos pidió. 


QEPD

Que estés pasándola deslumbrante



13 de junio de 2021

Game over

Apenas entré sentí que ese iba a ser un gran día. Por primera vez la tarea me tocaba a mí. Limpiar hasta la última gota de sangre, como si nada hubiese pasado, aspirar al muerto y mandarlo al infinito por el tubo, poner el departamento en alquiler. De nuevo. Era fácil, ninguna ciencia.

El cuerpo estaba en la habitación, cruzado en la cama, boca abajo, como dormido. Era el primero que caía esa semana. Cada vez duraban menos, la sangre joven sumaba puntos muy rápido y los jugadores estaban insaciables. Acá el tiempo vuela. Quiero un rubito de ojos claros había dicho la Gran Dama y cayó este pobre pibe que cumplía con todos los requisitos. De unos veinte, alto, cuerpo atlético, toda la pinta.

Las jugadas eran eternas, desde el día uno que no lo dejó dormir. La Gran Dama estaba tan contenta con su adquisición que esa semana lo hizo atravesar más de cien pantallas. No lo dejaba dormir, apenas le hacía comer lo que necesitaba para ganar cada jugada, era su marioneta preferida. 

El flaco llegó con una valija, jeans y camisita blanca, bien cheto, creyendo que se iba a ganar unos cuantos manguitos como taxi boy, pero no. Les pasa a todos estos eh, esos que creen que se las saben todas, que quieren escapar de sus vidas de mierda. Todos terminan así. La otra, la posta, es ser funcionales al sistema y hacer lo que nos dicen que hay que hacer.

Apagué todas las pantallas que anunciaban próximas jugadas y me imaginé a los jugadores expectantes por los nuevos muñequitos que llegarían a la semana para manipular. Con la promesa de un nuevo trabajo, o una nueva conquista con plata que los iba a mantener o el clásico "vas a ser famoso". Caían como moscas.

En el piso, las dopa desparramadas. ¿Habrá sido un intento desesperado de suicidio entre partidas? A veces pasaba, que se daban cuenta, pero les duraba un segundo. La dopa era de las drogas, la más letal. El departamento era un monoambiente y se sentía una jaula. Siempre me pregunté quien dejaría una vida en el campo para morir en esta cueva… bueno, claro, no lo sabían… ¿No lo sabían? 

Dejé la alfombra impecable, cambié las sábanas, reuní todas sus cosas en el hall de entrada, al lado del cuerpo. En unos minutos, listo, todo se lo chupa el tubo. Le di la señal a Bebo, el reclutador, para que grabe el video de siempre y lo suba a las redes para que empiecen a llegar las postulaciones. Esta vez querían una mina. Que sea flaca, rubia y que le gusten los zapatos, dijo Wonder el Boy. Era zarpado ese. Le gustaba el sado y era medio perverso, si es que alguien lo puede ser a medias. Andá a saber qué le pintó ahora...

Cuando creí que ya estaba el trabajo terminado me llama el Lord. Casi le corto y menos mal que no sino no la contaba… Ajá… OK… Bien…Lo que digas Lord. Fui a buscar la valija con la ropa del muerto, que ahora iba a ser mía y luego descarté su cuerpo por el tubo. Me acosté en la cama boca abajo, cruzado, esperando instrucciones, simulando no tener vida. El comienzo era inevitable.

Ahora ocupo su lugar, la partida debe continuar, quedan muchas pantallas por delante. En fin, de eso se trata ser funcional al sistema.

9 de septiembre de 2019

Escribir como destino

Vengo con un año difícil en lo académico. Empecé con muchos proyectos que quedaron en el camino, por distintos motivos. Casi siempre porque me creo la "mujer orquesta", que todo lo puede y me propongo mucho más de lo que efectivamente puedo.

Escribir no estaba en mis planes pero empezó a aparecer en sueños, de nuevo, "Compráte una vida", la que será mi primera novela (ponéle) que creo que hace unos diez años que tengo en la cabeza, que pensé, reformulé, tantas veces que ya ni recuerdo cómo surgió la idea original de que cualquiera pueda comprar la vida de un famoso que admira, y vivirla.

El tema es: ¿Y por dónde empiezo? Como si tuviera poco para hacer en el día a día, como si fuese tan fácil subirse a semejante viaje... Buscando algún post que me diga "es por acá la cosa" llegué al de Ceci Maugeri en el que se pregunta: ¿Para qué escribo? Y necesariamente me lo pregunté.

Así fue que recordé que escribo porque siempre fue mi mejor forma de expresarme. Me resulta fácil poner en palabras lo que me pasa, lo que siento, antes que decirlo. Hace unos años atrás no concebía mi vida sin escribir. Y concluí: Escribo porque en la escritura es donde me descubro auténtica. 

Y esa declaración fue un baldazo de agua, que me vino al pelo un día como hoy, de esos en los que nos replanteamos todo y al que solo le falta la música depre de fondo. ¿Por qué me alejé tantos años de mi esencia? 

Ni hablemos que toda la vida me han elogiado la escritura. Estudiando Periodismo me decía, quien también era Profesor de Letras, que yo ya estaba para trabajar, que qué hacía ahí estudiando. También en la primaria me elogiaban la letra. Era "la de la letra linda", que hacía todos los carteles del grado. Hasta la seño de mi hijo me dice hoy: "¡Qué linda letra tenés! Me da vergüenza responderte con la mía". Y los libros, siempre un refugio. Bastaba encerrarme dos horas en una librería para cambiar la cara a un día o situación difícil, o de hastío. Mi paso por Letras, un cuento publicado, la novela adolescente que escribí de chica de un amor de verano en la playa... ¿Dónde quedó todo eso?

En fin, un camino recorrido con las letras que quedó trunco pero al que siempre vuelvo me confirma que no hay dudas que "hay algo" entre nosotras. Una relación de amor-odio, como todas las que valen la pena.

24 de noviembre de 2018

(In)humano



El aire de Buenos Aires todavía le resultaba pesado. Hacía 120 años que vivía en la capital y aún así no lograba acostumbrarse.
Ese día se había levantado como todos los humanos que viajaban en tubo cada mañana para ir a trabajar. “Es solo un minut…”, se mentalizó respirando hondo y cuando se dio cuenta ya había llegado a su espacio de trabajo. Todavía le resultaba difícil atravesar esa sensación de desintegración, de volverse partículas por un segundo hasta recuperar la apariencia humana.
Un cubículo blanco con un escritorio y una silla lo esperaban para empezar a atender a los suicidas. Ahí iba a estar las siguientes doce horas, como todos los días. Llegó a horario, como siempre. Exactamente a las 9. Enseguida pidió un café desde la aplicación para “Colaboradores del Bienestar”, se sentó y empezó a trabajar. No se levantaba ni para ir al baño. Estaba programado para aguantar y responder a sus necesidades fisiológicas en horarios preestablecidos.
Se acostumbró a esa rutina desde la última crisis del 2018, en la que se quedó sin trabajo. Él y el 90% del país. El otro 10% concentró el poder y la riqueza de tal manera que dominaron todo y no hubo vuelta atrás. A él se le asignó el número 12043 cuando hizo los nuevos documentos de identidad de la nueva era. Ya ni el nombre se atesoraba.
12043 tenía como tarea principal atender a los suicidas, esos que vivían al borde de la muerte todos los días, en su realidad virtual, que era la única que existía y en la que todos vivían sus vidas programadas. Los suicidas, allá por el 2018, eran llamados “influencers” y vendían su imagen para ganar dinero en las redes sociales. Cuando la vida de todos se tornó un reality virtual, estos personajes entraron en un estado de locura irrecuperable, porque nunca más fueron el centro de atención. Por disposición del “Gobierno de la Nueva Era”, todos pasaron a vivir sus vidas de forma virtual, era la única manera posible de relacionarse con otros de forma segura y real, con lo cual desapareció el interés en los influencers. Ahora todos podían vender a otros cada producto que compraban o servicio que contrataban, una y otra vez, gratis, las 24 horas, los 365 días del año.
En su box de trabajo, 12043 escuchaba a los suicidas desahogarse. Le detallaban las mil y una formas de matarse que habían googleado, que habían probado sin éxito y las que les faltaban probar; le contaban cómo pensaban grabarse para que su muerte quedara en la nube para siempre, pues esa era la forma de dejar una marca en esta vida. Les preocupaba mantener sus redes sociales activas aún después de la muerte, por eso contrataban empresas que programaban posteos de usuarios post mortem, un servicio que estaba muy de moda al igual que el de los fotógrafos para las selfies del entierro.
Ese día 12043 terminó su jornada laboral, como todos los días, a las 21. Cuando estaba por ingresar al tubo para regresar a su cápsula apareció ella. ¿Bruno?”, le dijo y él se dio vuelta para mirarla, sobresaltado por escuchar una voz humana en vivo y en directo, y tan cerca. ¡No puedo creer que te encontré! ¡Tantos años…! Yo sabía, yo sabía...”, exclamaba desesperada.
¿Perdón? Debe estar confundida. Yo no me llamo Bruno. — murmuró apenas, asustado y sorprendido por escuchar su propia voz después de tanto tiempo.
No, estoy segura, ¡sos vos!… — Se acercó y él dio un paso hacia atrás. — Miráme, acá estoy, soy mamá.
¿Mamá? Yo no tengo mamá. — dijo temblando mientras apoyaba la tarjeta en el lector y esperaba impaciente que se abriera la puerta para escapar por el tubo. En ese instante antes de partir para su cápsula, vio que los “Guardianes de la Felicidad”, esos que nunca dejaban que nada se alterara para que la vida de la comunidad transcurriese en paz y armonía, se estaban ocupando de neutralizar a la mujer.
12043 llegó a su hogar a las 21.01, fue al baño, se bañó, preparó su comida y se fue a dormir. Así estaba programado para hacer esas tareas todos los días. Antes de dormir, pensó no muy convencido: —“Nada de qué preocuparse”.
De lo que nunca se enteró es que esa noche los “Vigilantes de una mente saludable” ingresaron a su cápsula mientras dormía, le quitaron el chip —ese que todos tenían desde el reseteo general de identidad— para borrar aquel episodio con la mujer que dijo ser su mamá y se lo volvieron a poner. Porque así era cómo cuidaban a sus ciudadanos, para que nada los alterara en pos de su bienestar.

3 de noviembre de 2018

(A)Normal


Julia permaneció tirada sobre la alfombra varias horas, inconsciente. Rubén, mi dueño, terminó con la paliza y se fue a acostar, como todas las noches que no salía a despuntar el vicio.
Cruzamos miradas con la mujer golpeada por unos segundos antes que se desmayara y me fui a la cocina. El ambiente en el living era asfixiante: mezcla de alcohol, humo y violencia. Lo de siempre.
Me quedé dormido hasta que escuché el despertador. Me apresuré a ir a la habitación a darle los buenos días. Julia ya estaba acostada a su lado. “Hola, peludo ", fue lo primero que dijo al abrir los ojos.
Conmigo era cariñoso. Cada vez que Julia volvía a su casa de La Plata y nos quedábamos solos me decía que yo le hacía recordar a su infancia: las tardes en la pileta, los paseos en el parque, la chocolatada en lo de la nonna mientras miraban Pelito. Claro que ahí no era yo el peludo sino Cholito, pero me decía que éramos tan parecidos que debíamos ser parientes perrunos.
“Menos mal que estás vos peludo … Qué sería de mí sin vos…”, fue lo primero que me dijo esa mañana. Ahí nomás, Julia volteó para mirarlo con su cara moretoneada, se levantó abruptamente de la cama y se encerró en el baño.
Al escuchar el portazo, él fue adoptando “la pose”, la del arrepentido. Encorvado, cabeza gacha, voz quebrada; como expresando un llanto sin lágrimas. Se paró delante de la puerta del baño y suplicó “Dale, princesa , no te enojes”. Y empezó con el clásico repertorio de excusas y promesas: “Es la última vez que lo hago”, “pero vos tampoco me des motivos”, “¿te vas a portar bien?”.
Espié toda la escena desde lejos, como un voyeur de cuatro patas. Ella salió, se abrazaron, se besaron y terminaron enredados en las sábanas y en un sinfín de gemidos de placer. Me dormí para no escuchar ni verlos más y me desperté con el sonido de la puerta de entrada al cerrarse. Clap. Julia se fue a trabajar.
Rubén se estaba duchando. Lo adiviné por ese ruido monótono del agua al chocar contra un cuerpo sólido. Ssshhhh… Ssshhh. Me senté en la entrada del baño y lo esperé pacientemente. Nunca me dejaba entrar. Y yo obedecía. Siempre.
Sonó el timbre.
Ya voooooy”. Mi dueño se apresuró hasta la puerta con una toalla atada a la cintura y el cuerpo a medio secar. Fui detrás de él con la idea de saludar a Julia que seguro se había olvidado algo.
Hola, vine porque me lo pediste.
Hola, princesa .
No me percaté enseguida porque el cuerpo de Rubén me tapaba la visión. Me asomé tímidamente y descubrí a otra mujer que cortó por un momento con su malhumor saludándome como a un bebé. A mí, que ya tengo trece: “Hola, perrito lindo”. Suspiró y agregó: “Con vos no se cumple eso de que los perros se parecen a sus dueños”. Le correspondí el saludo con un movimiento de cola, como hacía siempre en respuesta a comentarios de ese estilo.
Princesa, no seas tan dura conmigo”. Y empezó de nuevo con el mismo repertorio, hasta en el mismo tono: dulce, encantador, irresistible. Pero con ella no tuvo efecto. Sentada en el sillón, con la cartera colgando como con ganas de irse en cualquier momento, lo miraba fijo con ojos de furia.
Cuando él terminó con su monólogo, ella dijo, contundente: “Lo nuestro no da para más”. Se paró y caminó hasta donde estaba Rubén. Se sacó un anillo y lo tiró dentro de la taza de café que él tenía en sus manos.
Eso bastó para que mi dueño se transformara en su otra versión, esa que nunca me gustaba. Y después vino lo de siempre. La violencia que a veces llegaba a muerte. Esas ganas despiadadas de matar, que era su vicio.


Atardecía cuando Julia llegó a casa y me saludó con un dulce “hola, peludo, llegó mamá”.
¡Hola, princesa! Vení para acá. ¡Cuánto te extrañé!
Así apareció Rubén en escena, a quien no había visto más desde la mañana temprano. Se besaron, se abrazaron, con una pasión desmedida. “Me zafé de nuevo”, dijo, poniendo cara de niño que se mandó una travesura.
Sí, vi algo de sangre en la alfombra... No te preocupes, después llamamos a la chica que limpia así viene y deja todo impecable… Cosas que pasan.
Se tomaron de la mano y se fueron, muy enamorados. Escuché el motor del auto que arrancó y se fue desvaneciendo a medida que se alejaban.
Fui al living y encontré sobre la alfombra un anillo tirado, en medio de pintitas de sangre y de café, que iban a ser muy difíciles de sacar.


20 de octubre de 2018

(Des)Conectados



Me lo llevé por delante mientras subía al vagón del subte. Él caminaba con la frente en alto, el cuello bien erguido y la mirada atenta. Me dijo: Perdón, no? Seguí de largo y me senté en el primer asiento vacío.
Llevaba lo de siempre: los auriculares y el celular. Iba leyendo las noticias en Twitter mientras escuchaba clásicos de los dos mil. Los subtes estaban con atraso según lo informaba el hashtag #EstadoDelSubte. Algo inusual desde que eran automáticos. 
En Instagram, se multiplicaban las fotos y videos de pasajeros retrasados. Me saqué los auriculares y estaba por sacarme una selfie para también reportarme en las redes cuando el hombre de postura extraña se sentó al lado mío. Me di cuenta que era él porque al hacerlo me rozó. No dejó un asiento vacío de por medio como era debido, lo que me obligó a levantar la vista, perpleja. Perdón, dijo. De nuevo. ¿A quién se le ocurriría hablarme? Ni siquiera éramos amigos en Facebook.
Volví la mirada a la pantalla de mi smartphone y de reojo vi que sacó algo de la mochila. Era una pila de papel amarillento, rectangular, un poco más chica que una tablet. Iba pasando las hojas, hipnotizado. Hacía rato que no veía a nadie mantener la atención en algo por tanto tiempo. Saqué una, dos, tres… diez selfies hasta que obtuve la que más me gustó y me cambié de asiento ante la incomodidad del contacto físico. El subte finalmente arrancó y en cinco minutos llegó a Mar del Plata.
Fue el viaje más largo de mi vida.
El señor raro sentado ahora enfrente mío no solo no sacó su celular para nada (¿tendría uno?) sino que a todos los que subían les decía cosas como “buen día”, “hola”, o cuando se bajaban “que tengas buen fin de semana”. Por supuesto que nadie respondió, como corresponde, por un tema de seguridad. ¿A quién se le iba a ocurrir hablar con otro sin pantalla de por medio?
No dudé en subir fotos suyas a Snapchat advirtiendo a mis amigos por si llegaran a toparse con este enfermo, y también creé unas memes que enseguida comenzaron a viralizarse en todas las redes. Fue la publicación con más likes del mes, que además fue trend topic ese día por varias horas. Los pasajeros horrorizados como yo empezaron a comentar y compartir mis posteos en las redes sobre “el loco del subte”. Después, de a poco, fueron levantando sus miradas y lo vieron. Luego, se sacaron los auriculares, y lo escucharon. Y cuando nos dimos cuenta, nos empezamos a mirar entre todos, sosteniendo los celulares, que por unos segundos pasaron a segundo plano.
La campana de la notificación nos avisó que habíamos llegado a destino y automáticamente todos volvimos a sumergirnos en las pantallas. El demente se bajó deseándonos un buen fin de semana.

3 de diciembre de 2014

Yo, multitasker

Aprovechando lo que queda de este blog así como está -ya les contaré qué ando planeando- escribo hoy para los multitaskers, esas personas que nos encanta aprender mil cosas y hacer mil cosas al mismo tiempo; que no nos alcanzan las horas del día, que seguimos "haciendo" en sueños, que no paramos ni en las vacaciones.

Yo me siento multitasker. Soy una eterna aprendiz, cada nuevo conocimiento me enriquece. Sé claramente que no me va a alcanzar la vida para "ser" todas las personas que quiero "ser". Igual, no me resigno, y a diario soy un poco de todas en paralelo.

Pensé que era locura mía, pero no. En el camino voy conociendo más gente así, que hasta quizás hizo 2 o 3 carreras y que sigue aprendiendo. Admiro a esas personas.

Como ya saben (o todavía no) soy abogada y "minipymer". Además, saco fotos, encuaderno, escribo. Antes también bailé danzas árabes y próximamente seré periodista. Todas esas soy, en vivo y en directo, y también en sueños.

Esta noche soñé que me iba de feria con mis cuadernos todo un fin de semana; que como no podía estar uno de los dos días, me fue a cubrir mamá... que se vendían todos...

Me desperté pensando en los cuadernos y en todos los que me quedan por hacer para estas fiestas.
   

10 de noviembre de 2014

Un regreso anunciado

Retomando el último post, les cuento que me picó en serio "el bichito" del Periodismo, tan pero tan fuerte que hoy me anoté en la carrera de Periodismo General en TEA.


Siento que es una asignatura pendiente en mi vida y que el 2015 es el año indicado para ir en busca de ese sueño. 

Es mi segundo paso por esta escuela. Allá por el año 2005 cursé la primera mitad del 1° año. No continué porque estaba cursando en paralelo el último año de Abogacía, además de trabajar en horario full time, y en ese momento -recuerdo- colapsé. Dormía poco y nada, tenía calambres todas las noches, vivía con un humor de perros. 

Así y todo, en esos meses aprendí algunas técnicas de redacción periodística que luego apliqué en 5mentarios, como la "cabeza informativa". También escribí un texto acerca de la "mierda" que mamá hizo famoso entre familia, amigos y conocidos, con el que me "promociona" en cada reunión. 

El éxito de ese texto radica en que me costó perder el casi anonimato que venía llevando tras recibir la felicitación del profesor en clase y mi cara color tomate en el momento que lo anunciaba. Más allá de eso, lo cierto es que me divirtió mucho escribirlo.

Pasó mucho tiempo, casi 10 años desde aquella experiencia. Ahora me paro de otra forma frente a este nuevo desafío, lo siento distinto. Hoy soy otra persona también. 

Recibirme de periodista sería para mí lograr un sueño que llevo arraigado desde mi niñez; cuando todas querían ser actrices y modelos, yo periodista. 

30 de octubre de 2014

Me picó el bichito...

Como cada año (pueden ver acá y acá como insisto con el tema), hoy me picó el bichito del Periodismo. Esta mañana amanecí con una idea en la cabeza que me persiguió todo el día. Se me ocurrió una forma de conjugar todo lo que aprendí en mis casi 32, que es bastante, porque soy una fan-adicta a los cursos. Me gusta aprender cosas nuevas todo el tiempo, me mantiene viva.

El Periodismo es una asignatura pendiente y sigue muy presente en mi vida. Vivo con un periodista con quien tuvimos una página de noticias de interés general allá por el 2009 que se llamaba 5mentarios, que nació como un hobbie y que llegó a tanta gente que pasó a ser algo grande al punto de que todavía hay quienes siguen preguntando ¿¿cuándo vuelve 5mentarios??


Lo cierto es que cada año amagamos la vuelta, pero siempre aparece otra "urgencia" que atender. ¡Hasta es marca registrada! (claro, no podía ser de otra manera).

En 5mentarios yo estaba a cargo de las secciones Sociedad y Recomendados. En Sociedad escribí acerca de temas como Educación, Adopción, Donación de órganos, Ley de Medios, Subtes, "Solteros a los 30" (¡que acabo de leer y sigue muy vigente! así que será material para otro post), entre tantos otros. Para Recomendados hice reseñas de muchos libros, pelis y obras de teatro. En aquel entonces recibía una dosis semanal de lectura, cine y teatro. 

Gracias a 5mentarios también descubrí la fotografía. Cuando todavía no tenía cámara réflex, fui con mi cámara compacta a la plaza Congreso para apoyar la sanción de la Ley Celíaca y cubrí varios recitales acreditándome como fotógrafa. 




Hoy, cual revelación, me desperté pensando que a lo mejor el 2015 sea "el año" y de paso les cuento que el backstage de este post fue la excusa para volver a hablar con el periodista de la casa para reflotar 5mentarios

Siento que sería una forma de volver a mi eje, que es escribir. Algo así como el regreso al primer amor.

2 de octubre de 2013

Destiempo


destiempo.


~.
1. loc. adv. Fuera de tiempo, sin oportunidad.


Volví sobre esta foto a raíz de un concurso que organiza American Express, al que tuve el tupé de mandarla.


Así aparece:



Tenía que poner un Título y enseguida se me ocurrió DESTIEMPO. La foto habla por sí sola: varias mujeres, en un mismo espacio, con distintas personalidades y diferentes emociones. El movimiento y la (poca) luz terminan de enmarcar el momento. Es muy potente.


Además de que son grosas bailarinas, porque las conozco, y transmiten todo eso (y mucho más) con su danza, hoy miro de nuevo la foto y me da pensar que es así como vamos por la vida, muchas veces sin mirar siquiera al de al lado. Metidos en nuestra realidad, nuestro momento.


Más alla de eso, y de todo, creo que quise participar para tener una excusa para volver a la fotografía, y me dio nostalgia...