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5 de septiembre de 2013

Escribo (o sobre los peligros de no escribir)

Últimamente, no escribo. O sea, escribo: mails, informes, formularios, apuntes, pero nada de lo que para mí significa escribir. Lucho a diario con la idea de portar una libretita todo terreno y simplemente escribir. Ya no sé cuál es la causa, pero sí sé que siempre tengo ganas, y no me quedo con las ganas, entonces, escribo mentalmente.

Me nutro de donde sea. Por ejemplo, no sé si les pasa de ir caminando por la calle imaginándose historias, escenarios, personajes. A mí sí, siempre. O estar respondiendo un mail y que se me venga a la mente una imagen, quedarme ahí un rato hasta que conecto de nuevo con lo real. Viajo mucho a la fantasía.

Viajo. Esta semana viajé a París en sueños, como si ya hubiese estado ahí. Me pregunto si los sueños serán una premonición o un recuerdo o una ilusión. O un poco de las tres. Mi conclusión -muy apropiada- fue que tengo que viajar (era una premonición!).

Relaciono mucho todo también. Pienso. Esta mañana camino al trabajo reflexionaba internamente: Creo que llega un momento en la vida en el que te das cuenta que todo lo que aprendiste durante todos estos años, desde cero hasta este momento, adquiere sentido; que al final todo confluye para cerrar la rueda, una idea o lo que sea. Digo esto con 30 años, no me quiero imaginar a los 60.

Escribo así, creo, la historia de mi vida. Día a día, buscando mi propio destino. Sacando conclusiones/confusiones absurdas sobre cada tema o situación que se me presenta. Sobre mi presente y ese estado paralelo, creativo, que está latente.

Hoy también, cruzando Costa Rica, pensaba en lo lindo que suena concebir la educación como práctica de la libertad. La ejerzo.

Al fin de cuentas, como sea, escribo.

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