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27 de abril de 2011

Inspirada, lo siento

Hoy es un día de esos en los que sólo me brotan palabras tristes. Cuestiones personales, que no vienen al caso, pero aprovecho para escribir, porque es lo único que fluye y dispersa.

Les cuento que estoy leyendo "Primero leemos, después escribimos. El proceso creativo según Emerson" de Robert D. Richardson. Es un libro flaquito, más bien un ensayo, que tiene unos tips interesantes para los escritores principantes y que de algún modo condice con una declaración de Borges: "Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído".

Emerson aconseja por ejemplo llevar un diario, pero no en el que se tenga que escribir lo que se hace cada día sino para hacer anotaciones sueltas, plasmar ideas o imágenes que se nos vengan a la mente con la idea de que con el tiempo ese diario se convierta en un elemento sumamente valioso, con material para nuestras historias.

Lo entiendo, porque quienes amamos escribir, constantemente estamos en la búsqueda de disparadores para la escritura y muchas veces tomamos nota de un diálogo, una imagen, una palabra o una persona con la esperanza de que el día de mañana pueda ser incluida en nuestra escritura.

Vemos el mundo de otra forma, donde cualquier cosa puede llamarnos la atención. Incluso, imaginamos mientras vamos caminando y escribimos en nuestra mente [Perdón por la generalización, pero necesito sentirme acompañada].

A menudo por la calle me cruzo con personajes de mis futuros cuentos, con situaciones fantásticas del fin del mundo y veo cosas que sé que sólo yo veo. Por eso confirmo que éste es mi destino artístico y esta vez no le voy a dar la espalda.

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